
No hace demasiado tiempo estuve pasando unos días en París; ahora viene la cursilada de que adoro París, lo cual es rigurosamente cierto, de manera que la cursilada se queda y ya está. Me hospedé en un pequeño hotel situado en un lugar estratégico, entre el Louvre y el Palais Royal; desde el balcón tenía una vista envidiable de ese espacio armónico, clave en la historia de Francia, lugar de cafés, restaurantes y prostíbulos de fama en los libertinos años del siglo XVIII. Queda algún restaurante famoso, algunas tiendas y severos organismos oficiales, no me consta que haya prostíbulos. En el Palais Royal pasó muchas horas de su vagar por la ciudad Rétif de La Bretonne, autor de Las noches revolucionarias, editado por El Olivo Azul.
La bolsa de los valores literarios es mutable como la de los activos financieros. Rétif de La Bretonne, después de no pocos esfuerzos, consiguió hacerse un lugar entre los escritores famosos de su época para caer después en el olvido más absoluto; no hace demasiados años se le recuperó como autor erótico y volvió a editarse y a estar de actualidad. Fue prolífico escritor y también impresor, El Pornógrafo (1769) es la obra que lo devolvió a los lectores. No obstante su texto de mayor empeño, al que dedicó más de treinta años, es Las noches de París, su última parte, Las noches revolucionarias (1793), es la que me interesa en esta ocasión.
Los teóricos literarios tienden a clasificar las obras con cierta ligereza; con el paso de los años me fui convenciendo de que estas clasificaciones son como las etiquetas que se ponían a los minerales y a los animales disecados en los polvorientos gabinetes de ciencias naturales. ¿Para qué sirven? Para hacer manuales y, sobre todo, para seguir clasificando en un permanente ejercicio de rutina y, quizás, autocomplacencia del teórico. En este camino la obra de La Bretonne es una crónica de las cosas que pasaban en la capital de Francia, tanto más interesante cuanto se refieren a los años de la Revolución. No basta, de ninguna manera, estas noches son mucho más, son un magnífico ejercicio de escritura en libertad en el que se mezclan diversos géneros con toda naturalidad.
La obra es autobiográfica, el narrador es un observador, un testigo que nos transmite en primera persona las impresiones directas de lo que sucede a su alrededor; claro está que también emite juicios sobre los hechos que observa y de los que es informado por otros y, para que no falte nada, nos cuenta historias que se integran en el texto con la naturalidad a la que he referido antes. Afirmaba Agustín de Foxá, con su extraordinario sentido del humor, que las revoluciones solían utilizar tres palabras como resumen de su llamémosle programa. Él había llegado a la conclusión de las que le convenían eran café, copa y puro pero reconocía que la Revolución Francesa acertó con la triada: Libertad, Igualdad y Fraternidad como palabras hermosas debajo de las que se escondía la muerte, justa o no, eso es otro tema.
Es muy difícil que un testigo de un cataclismo sea plenamente consciente de lo que este representa. Rétif tampoco lo fue. La Revolución significó un antes y un después, representó un cambio de régimen y el fin de un modelo social que conocemos como Antiguo Régimen. No piense el lector que esta obra, que se lee mejor que muchas novelas, se dedica a sesudas reflexiones; no es que falten pero lo que anima estas páginas es el fresco de colores fuertes, primarios como los gritos y los golpes, en el que la violencia y el horror se fueron adueñando de la vida de los ciudadanos.
La noche es el ámbito para los paseos del noctámbulo, de un Rétif que husmea, que sale de aquí para entrar allí, que nos transmite el nerviosismo de una ciudad que no duerme en un país que vela, que nos cuenta todo lo que pasa en la calle: las violaciones de las jóvenes y no tan jóvenes, los asaltos a las casas, el desorden generalizado y, sobre todo, el miedo, el Terror que se va extendiendo como una mancha untuosa de sangre. Toda la irracional crueldad de un proceso revolucionario queda reflejada de manera admirable, en especial cuando nos narra los movimientos de Luís XVI para escapar o para poner límites a lo que se inició como una consulta a los Estados Generales y acabó con la señora guillotina decapitando a los nobles y a muchos que no lo eran pero que tenían que morir mientras las revolucionarias hacían calceta y reían a carcajadas.
El estilo es directo, salvo alguna digresión, la narración tiene nervio, fuerza, garra. Sin efectismos cuenta el asalto a la Bastilla, el momento en el que Luís Capeto intenta hablarle al pueblo antes de ser ejecutado y cómo los tambores silencian su voz, de la misma manera, una envejecida María Antonieta sube al cadalso. Nos informa que los soberanos mostraron una gran dignidad en esos últimos momentos. Pero no sólo estos instantes con mayúsculas, la vida cotidiana, sus problemas, sus deseos, un universo en permanente tensión, un libro total.
Cuadernos del Sur (Diario Córdoba)